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La Costa Amalfitana: desde Sorrento a Positano y Amalfi, buscando a Marcello

Me he lanzado cuesta abajo nada mas apearme del autobús que, desde Sorrento y cargado de turistas, nos ha llevado a Positano, recorriendo las curvas vertiginosas de la Costa Amalfitana. He gritado: Marcello, Marcelloooo… entre risas, emulando a Diane Lane en “Bajo el sol de la Toscana”, esperando que el guapísimo italiano se asomase a un balcón que no consigo localizar. Así que decido bajar hasta la playa con la esperanza de encontrar aquel bar que regentaba su familia… pero solo encuentro restaurantes caros.
Antes, no obstante, no me he podido resistir a la foto junto a la baranda, la misma en la que Marcello decía aquello de…”Francesca, hay alguien para ti…” el vaporoso vestido blanco agitado por el viento, con el mar al fondo y la imagen de la cúpula de la Iglesia -la de la Assunta- con sus azulejos de color verde brillando bajo el sol.

Ahora repaso las fotos de nuestro viaje a la Costa Amalfitana y vuelvo a visionar el film. Como en un juego, intento buscar las diferencias: las mismas calles empinadas de Positano, flanqueadas por casitas pintadas de blanco, por cuyos balcones y terrazas asoman esplendorosas las buganvillas. Perfectas para recorrerlas sobre una vespa, sorteando a los curiosos que deambulan entre las tiendas para turistas, esas en las que venden cerámica pintada a mano, en tonos amarillos, como los motivos que la decoran, los limones, los famosos limones de Sorrento ¡Caramba!- exclamo desde el sofá de mi casa- ya se donde vive Marcello. Es lo que tiene observar un lugar a través de la cámara, como en el cine, uno nunca sabe si es real o simple atrezzo.

 

A Positano le ocurre lo que a muchas personas, que sin ser extremadamente bellas, resultan enormemente fotogénicas. Unos ojos azules, como el mar de Positano; un defecto apenas imperceptible que se pasa por alto en el conjunto armonioso del rostro; una luz especial; un perfume, otra vez el del mar que nos acompaña desde que hemos llegado, o el de las glicinas que cuelgan graciosas sobre un porche… Y así no se advierten algunos rasgos que la afean, como los techados de uralita junto a algunas casas, y las tupidas redes que cubren los huertos de limoneros- luego he sabido que para protegerlos del  sol- que ofrecen una imagen poco atractiva, sobre todo vistos desde lo alto, mientras nuestro autobús gira, vertiginosamente, en las últimas curvas justo antes de detenerse.

A ras de suelo todo resulta distinto. Siguiendo el larguísimo y serpenteante Viale Pasitea se alcanzan las callejuelas del pueblo, donde el aroma a limón es inconfundible: caramelos de limón, velas perfumadas, la apetitosa “delizia” que se vende en todas las pastelerías y, como no, el famosísimo limoncello, realmente bueno, distinto a cualquiera que se haya probado antes. Y un cierto bullicio, no demasiado agobiante- ¡No quiero pensar como será en verano!- de visitantes, que se confunden con la gente del pueblo que, en Viernes Santo, acompaña una procesión.

Abajo, sobre la arena de la playa, se trabaja para preparar la temporada: casetas donde alquilar embarcaciones, tumbonas o sombrillas… sin embargo la mejor vista de este mar se obtiene desde cualquiera de las terrazas de los hoteles que hay en Positano. Son pequeños establecimientos de aspecto sencillo, aunque la inmensa mayoría lucen 4 estrellas, las que otorgan una comodidad oculta a los ojos de extraños y el privilegio de ver el azul -cielo azul, mar azul- cada día al levantarse.

Guiados por el sentido común, nos alejamos de la playa y sus restaurantes pegados al mar para buscar alguna pequeña trattoria en la parte alta. No llegamos a contar las escaleras, pero creo que son alrededor de 400, por entre las que se abren ventanas al mar, pequeños callejones que dejan entrever retazos de horizonte.

Nos resulta complicadísimo encontrar uno de esos locales de comida a buen precio, ya que en Positano abundan los “Ristorantes”. Al menos la comida es buena- la fritura de calamares y gambas es excelente, al igual que la pasta con marisco- pero, a pesar de que hay muchas mesas vacías, veo demasiados turistas extranjeros y creo que ningún italiano entre los comensales. Seguramente lo mejor ha sido comer en la calle, bajo un entoldado, y disfrutar del limoncello al acabar.

El camino en dirección a la parada del autobús resulta duro después de la comida, pero nos permite encontrar la pequeña Iglesia dedicada a Santa Caterina, reconstruida por última vez en los años treinta y cuyo altar es lo único que queda de la estructura original, del S. XVIII.

El trayecto entre Positano y Amalfi no es apto para todos los estómagos y tan sólo la visión del panorama desde el autobús, que no circula a más de veinte kilómetros por hora, nos distrae durante el serpenteante recorrido. Durante el viaje -casi 50 minutos para completar 17 kilómetros- no nos abandona una continua sensación de vértigo, situados al borde del abismo, tan cerca del precipicio. La Costa Amalfitana es abrupta. Desde la ventanilla, vemos las rocas afiladas sobre las que tememos caer, tanto que cerramos los ojos de vez en cuando, como en una de esas atracciones de feria.

Intento no perder detalle, aprovechando las paradas que tiene que hacer el autobús para dejar paso a los que realizan el trayecto en sentido contrario o para sortear los vehículos aparcados en tantos miradores, puntos estratégicos desde los que obtener las mejores fotografías de la Costa Amalfitana. Así que resulta imposible que pase desapercibido un pequeñísimo pueblo, con sus casas enclavadas dentro de la roca, como uno de esos “pesepres” napolitanos. Un lugar curioso y lleno de encanto, merecedor sin duda del distintivo de “I borghi piú belli d’Italia” que descubro rápidamente… Furore – anoto en mi teléfono móvil , el método infalible contra la mala memoria-. Y del otro lado, el mar.
Busco rápidamente en la maraña de internet y me sorprende de nuevo. En la web del municipio leo:
” Furore, il paese che non c’è…”(el pueblo que no existe).
Merece la pena detenerse a leer con detenimiento, y anoto este lugar en esa lista donde etiqueto “lugares donde perderse”, aunque me asalta la duda : ¿Será posible disfrutar de la calma en medio de una de las rutas más turísticas de Italia?.
Al llegar a Amalfi tengo una extraña sensación, algo así como dicen los franceses un “dejà vu”. Y es que, una vez abandonamos la explanada junto al mar, donde paran todos los autobuses y se encuentra el parking, y nos dirigimos hacia el centro, me parece atravesar otra puerta, la de Monterosso al Mare en Liguria – que tan sólo unos meses antes habíamos visitado. Pero la sensación se desvanece en cuanto llegamos a la Piazza, en la que la impresionante fachada del Duomo, con su larguísima escalinata (hay quien afirma haber contado uno a uno hasta 99 escalones), nos hace elevar la vista y contemplar atónitos los reflejos, sobre los mosaicos dorados de su cielo, con la luz de la tarde.

La Catedral de Amalfi es un fiel reflejo de su historia; construida en el siglo IX, sufrió numerosas transformaciones, fue destruida y reconstruida, y aglutina por ello una variedad de estilos, como el árabe o el normando – por quienes fue conquistada la que fue la primera República Marinera de Italia- y posee un campanario de estilo románico. Pero, cuestiones arquitectónicas aparte, subyuga y sorprende encontrarla en medio del entramado de callejuelas que conforman el lugar. Como un testimonio de gloriosos tiempos pasados, el conjunto monumental de la Catedral- consagrada a San Andrés- incluye además el bellísimo Claustro del Paraíso, la Basílica del Crucifijo y la Cripta, en la que reposan la cabeza y los huesos del Santo.

Pero es el Claustro el lugar que mayor emoción me transmite, quizá por el silencio, quizá por la luz que a estas horas de la tarde se filtra entre los bellísimos arcos entrelazados, que descansan sobre 120 finas columnas dobles, herencia de la cultura oriental, por el color blanco, simple y puro, que permite reposar a nuestros ojos y seguramente a nuestras almas. No en vano, el llamado Claustro del Paraíso es el antiguo cementerio de los nobles de Amalfi, y en él se conservan algunos sarcófagos bellamente tallados.

Una vez reconfortado el espíritu, lo mejor es disponerse a recorrer sus calles, entre tiendas de souvenirs y productos típicos, donde se puede descubrir el secreto del presunto ardor amoroso de los amantes italianos: “la viagra natural”. Se ofrece en numerosos puestos y no es otra que la guindilla – el peperoncino- presente en tantas recetas tradicionales.

Después de callejear, una buena opción es pasear sin rumbo a lo largo del “lungomare” y esperar la puesta de sol. Impaciente, mientras tanto, yo sigo buscando:
– Marcello, Marcellooooooo…

2 comentarios
  1. Inmaculada Gonzalez
    Inmaculada Gonzalez Dice:

    Eva…me encanta!! Tu descripción sobre Positano, y en general con qué delicadeza y personalidad desmenuzas tu viaje por tierras amalfitanas. Yo soy una enamorada de "Bajo el sol de la Toscana" y de "Cartas a Julieta" Preparando un futuro viaje a Cinque Terre, te encontré, encontré tu blog, y he de decirte que…ha sido lo mejor del día. Saludos

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  2. De viajes y libros
    De viajes y libros Dice:

    Mil gracias. No sabes como me alegra contribuir a que tengas un buen día. Creo que pocas cosas son tan emocionantes como los preparativos de un viaje, casi más que el viaje en sí mismo. Disfruta de todo ello.

    Responder

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